Son las cinco de la mañana y es lunes. Un lunes sin rostro de lunes, sin esa sensación de comienzo que me genera este día de la semana. La sensación es otra bien distinta, es la sensación de la partida, del adiós, del tiempo que se acaba, mordiéndome el estómago.
Estoy en la terminal de Antofagasta, mirando a Eugenia y su esposo Alejandro saludarme desde el otro lado del cristal. Desde mi asiento del bus, los veo como pequeñas siluetas recortadas en la noche agitando sus manos en señal de despedida. Siento deseos de llorar, pero no lo hago. Me obligo a sonreírles mientras les devuelvo el saludo y pienso en cómo soportaré este largo viaje a casa. Cómo resistiré quince largas horas de viaje atravesando desiertos, salares, montañas, y rutas elevadas a 5.000 msnm, para luego subirme a un avión y luego a un barco, y más tarde a otro bus y....Tal vez sea mejor no pensar más.
Llevo en mi mochila de mano un paquetito que Eugenia me preparó con algo para comer durante el viaje. Llevo mi equipaje lleno de ropa sucia, libros, música, folletos, mapas y trozos de papel con direcciones anotadas. Llevo dentro de mí la extraña mezcla de la alegría y la tristeza.
Volver...volver...me resulta ahora una cosa tan ambigua. En el "volver", ese ayer que estoy dejando y el mañana que se aproxima se dan la mano buscando una reconciliación.
Hay algo en todo esto que me hace sentir contenida, una imagen alentadora que parece abrazarme y decirme "no llores, estás volviendo a casa". Esa imagen de la llave girando en la cerradura de la puerta, del espejo conocido, del balcón que mira a la iglesia, de las calles frescas del Prado, los rostros familiares y los abrazos de quiénes están, allá...en casa.
Y está la otra imagen también, agazapada como un ladrón tras la puerta del recuerdo, queriendo llevarse cada instante de memoria, desesperado, hambriento, resistiendo cualquier atisbo de olvido o desprendimiento. Están los caminos que fueron quedando, el aire de la montaña, la sequedad del desierto, las nubes de jotes que parecen haberse escapado de alguna novela de Rivera Letelier, diciendo hasta pronto. No es un adiós definitivo, no quiero que lo sea. Un hasta pronto que es como un cordel entre el aquí y el allá, un nudo en la memoria, una forma de ya estar regresando cuando en realidad, me estoy yendo.
Y me voy durmiendo, mientras mis párpados barren de arriba a abajo las luces de la ciudad, el lento amanecer de Antofagasta tras la cordillera.
Caigo en un sueño profundo, no sé por cuánto tiempo, no puedo calcularlo siquiera. Al despertar todo se ha vuelto confuso, una espiral de movimientos y sensaciones que me aterran. Casi no puedo despegar mi cabeza del respaldo del asiento, comienzo a sudar y a sentir el frío de la sangre que se me escapa hacia alguna parte. Tengo miedo, sí. Estoy sola y tengo miedo porque sé muy bien lo que sigue. Nadie junto a mi asiento, nadie más allá, al otro lado del pasillo y ni siquiera tengo fuerzas para inclinarme sobre mi asiento y anunciar: me voy a desmayar.
Entonces aflojo mis músculos, no queda más que la entrega. Mis oídos perciben el zumbido de la entrada vertiginosa a ese túnel (viejo conocido), luego el ruido filoso que no cesa, las voces, los trenes pasando. Siempre fue un misterio esto de que al desmayarme pareciera que soñara con trenes que van y vienen en una y otra dirección, sintiendo el chirrear de las vías, el rugido de las locomotoras, las voces lejanas de una multitud que de pronto comienzan a acercarse y dejan de ser un murmullo confuso para tomar la forma de palabras apenas comprensibles. Casi siempre despierto con la voz de alguien que me anima, que me rescata de esa caótica estación de trenes, pero no esta vez...Esta vez el murmullo se va diluyendo hasta desaparecer. Abro los ojos y ahí sigue intacto e impasible el paisaje desértico, hermoso y tan vacío como el silencio que me rodea. Estoy de regreso (regreso...), empapada en sudor, y fría como un témpano.
El soroche ha ganado su primera pulseada. Esta vez ni las pastillas que había tomado pudieron contra él y ni siquiera estamos cerca del Paso de Jama donde tendría que lidiar con 5000 mts. de altura. Ni bien lo pienso intento borrar de mi mente el miedo y haciendo piruetas para no caerme me levanto intentando llegar al baño pero unos brazos me sostienen y reconozco a uno de los conductores del bus que con visible preocupación me pregunta qué me pasa. Como puedo le explico, no siento deseos de hablar, no puedo. El me regresa a mi asiento y va por una manta y dos pastillitas milagrosas que nunca sabré qué eran exactamente, pero me desactivo del mundo en cinco minutos. Duermo tanto y tan profundamente que al llegar al Paso de Jama el mismo conductor debe arrancarme de mi asiento para poder bajar a hacer los trámites de migraciones.
La intensa luz del mediodía me ciega y me dejo llevar, siempre tomada del brazo del amable conductor hasta llegar a la oficina. Voy como levitando, en cámara lenta, intentando mantener el equilibrio. Dentro de la oficina de Aduana alcanzo a ver algunos pasajeros en camilla, conectados a tubos de oxígeno, otros simplemente aferrados a alguna pared que les evitara la caída. Otros tantos, corriendo a formarse en la fila con la única preocupación de sellar sus pasaportes lo antes posible. Afortunadamente, los flojos no tenemos que hacer fila en estos casos, y soy la primera en regresar al bus y volver a dormirme ni bien aterrizo en mi asiento-cama-refugio.
Lo que sigue es la simple rutina de un interminable viaje, atacar mis víveres, intentar estirar las piernas, escuchar una y otra vez las mismas canciones, dejarme llevar por el ensueño de un paisaje cada vez más familiar. Estaba volviendo a Salta, la linda, y nunca tan lejana. Me sorprendo al reconocer Salinas Grandes, otra vez la blancura del salitre y los horizontes eternos. Disfruto como nunca la bajada por Lipán y sus rutas serpenteantes que mueren allá, muy abajo, donde el ojo no alcanza a divisar el fin. Y de pronto, las casitas de adobe, los altos y delgados árboles amarillos contrastando con el cerro de los Siete Colores. Quiero bajar, saltar de ese bus y volver a recorrer una y otra vez las callecitas de Purmamarca. Hoy son otros los rostros, otros viajeros con sus mochilas al hombro que llegan o se van, otras historias transcurriendo, pero son las mismas calles que me enamoraron aquél día, los mismos puestos de artesanías, los barcitos, la Iglesia, el viejo algarrobo, los cerros colorados abrázandola como yo desearía abrazarla ahora, una vez más, por última vez. Me llevo todo lo que puedo de ella esta tarde, con la mirada hambrienta del que se despide de un amor. Digo adiós, sé que ahora sí estoy diciendo adiós, sin promesas de regreso y ni siquiera sé bien porqué, pero lo estoy sintiendo.
Son más de las diez de la noche cuando llego a Salta. Tomo el primer taxi que encuentro y me voy al mismo hostel al que llegué hace exactamente 25 días. Solo tengo energías para un largo baño, nada más. El hostel está casi vacío, callado, estoy en una habitación solitaria y quiero dormir hasta que mi cuerpo diga basta! Ya no hay trenes pasando, ni misteriosas estaciones, no hay soroche, ni miedo ni polvaredas bajo el sol del desierto.
Este desierto es otro. Y en él, me voy durmiendo.
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La Ciudad de los Pájaros
Aquí, como en cualquier parte del mundo, cada familia tiene su ritmo, su carácter, su olor y sus formas. Esta familia que sentí un poquito mía durante siete días, se duerme muy tarde y despierta al alba con los preparativos del desayuno que la mamá de Eugenia, ama y señora de esta casa, se encarga de tener listo justo a tiempo cuando se suceden los apresurados pasos en la escalera de madera.
Los escucho desde lejos, entre sueños, así como el ir y venir de los colectivos que parecen rozar mi ventana en su estrepitoso paso, una y otra vez, cada cinco puntales minutos. Pero ya casi ni los percibo, duermo todo lo que necesito dormir luego de días y días de madrugadas y camas incómodas.
Resigno mi apuro y mi afán de recorrer uno y otro camino y me entrego al hogar, como si fuera una hija más, de vacaciones o desempleada, no importa, todos se van y yo me quedo, acurrucada bajo mi edredón blanco de peso pluma. Me despierto sólo cuando mi cuerpo lo desea, no antes.
Bajo cada mañana al comedor que huele a café, tostadas, naranja y palta y que se mezcla con los aromas de un almuerzo que ella ya ha comenzado a preparar, con ese afán de ganarle al tiempo que tienen los ancianos, como si algo los apremiara y siempre hubiese que tener todo listo, por si acaso. A las once de la mañana de cada día todo está limpio, todo reluce, las ollas ebullen y mi desayuno espera impaciente sobre la mesa.
Me encariño demasiado con este ritual, vuelvo a ser parte de los abrazos de una familia que ya no tengo a diario sino en pequeñas dosis domingueras que se han hecho necesaria rutina. Y entonces me dejo mimar un rato, me relajo, disfruto. No estoy viajando, no estoy entrando y saliendo de hostales bulliciosos, no cargo mi mochila, no persigo incansables imágenes con mi cámara de fotos, solo estoy aquí sentada en la cocina de una casa del barrio más alto de Antofagasta, viendo como ella pela papas y lava tomates mientras saltan las tostadas del tostador y ella me cuenta porqué cree que la tecnología moderna se encarga de aislar a los seres humanos unos de otros.
Cada tanto, y con culpa, ojeo mis mails en la computadora que Eugenia me ha asignado. Ella lo sabe y me sonríe haciendo una pausa mientras pincha alguna papa para comprobar si ya están cocidas.
Y así, como cada mediodía, sin saber adónde ir exactamente, salgo a la calle vaporosa para treparme al veloz y diminuto bus que me lleva hasta el centro de la ciudad. Casi levitando en la sensación de que la prisa no existe, atravieso la plaza Colón una y otra vez, abriéndome paso entre las palomas que aletean por todas partes, mirando al cielo para ver a los jotes planear sobre la parte más puntiaguda de la iglesia, observando con placer a los cuidadores del parque que podan y aprolijan minuciosamente las coloridas bugambilias que perfuman y embellecen la plaza.
Continúo por el paseo Pratt, sorteando gente que va y viene apurada, valija en mano, traje puesto, hablando por sus celulares, tomando decisiones, dándo órdenes, o recibiéndolas. La ebullición de esta peatonal no me estorba, la miro pasar como una película, sintiéndome espectadora de cada movimiento. Voy a mi propio ritmo, sintiendo sobre mi el peso de las curiosas miradas que te saben extranjera, pero no me incomodan (me divierten). Allí hay un café, con una mesa que siempre me espera y ya me reconoce, y justo enfrente, la oficina de Eugenia.
La veo salir cada mediodía o cada tarde, apresurada y entusiasmada con mi visita y nos vamos por ahi, a almorzar comida peruana, a tomarnos un pisco o un cafecito, a esperar puestas de sol inverosímiles que nos recuerdan a alguna escena de "Lo que el viento se llevó".
Esta Antofagasta pocas veces imaginada, envuelta entre la bruma del salitre y bajo un cielo de pájaros inquietos que se amontonan en los muelles o los acantilados aprovechando los últimos minutos de sol, me asombra y enmudece. Mis ojos pequeños manotean desesperados las visiones de aquel paseo costero que separa el Mall del Pacífico, adivinando tras la bruma las siluetas de los barcos, y más acá, más visibles y cercanos, los pelícanos dormitando entre las rocas. Intento retener en la memoria aquél momento, sentadas en la arena tomando mate frente a La Portada, mientras cientos de jotes, patos yecos y gaviotas salpican el cielo que comienza a vestirse de tímidos amarillos primero, para luego convertirse en naranjas, rosas y rojos profundos como un alarido. Más allá de los contornos rocosos y la arena, titilan las primeras luces de la ciudad que se prepara a dormir al abrigo de la cordillera.
Esta Antofagasta no planeada, que fue decantando sola por entusiasmo, por necesidad de reencuentros, se me hace ahora como la frutilla de una gran torta de caminos recorridos desde aquella noche en que dejé Montevideo. Y el sentimiento de felicidad se hace tan natural como todo lo que nos rodea. Charlamos, agotamos las historias de vida y los sueños, nos atrevemos entre mate y mate a nuestras más íntimas confesiones hasta que el silencio de la tarde nos envuelve y también callamos, en comunión con la noche que nos ha dejado solas, absortas y plenas.
Miro atrás, intento recuperar las sensaciones de aquellos días en el NOA, la angustia de Humahuaca, la soledad absoluta de Yavi, el fervor obnubilante de los salares y desiertos bolivianos y se me hace tan dificil ahora, como si cada ciudad, pueblo, o rincón del mundo se impusiera dentro de mí con todo el peso de su espíritu, aplastante y contundente, único, como si fuera siempre el primer destino (o el primer amor), como si no hubiese nada antes o después de esto que ahora soy y estoy sintiendo. Y sin embargo, sé que han de volver más tarde, cuando solo sienta el ruido de mis pasos regresando a casa, cuando no haya nada nuevo para ver; volverán todos juntos, acomodándose en el lugar que a cada uno le espera, así como un rompecabezas, como las hojas de un libro que se escribe solo viviendo, como una confirmación de lo intuído tantas veces y desde hace tanto: Lo mejor siempre está por venir.
Los escucho desde lejos, entre sueños, así como el ir y venir de los colectivos que parecen rozar mi ventana en su estrepitoso paso, una y otra vez, cada cinco puntales minutos. Pero ya casi ni los percibo, duermo todo lo que necesito dormir luego de días y días de madrugadas y camas incómodas.
Resigno mi apuro y mi afán de recorrer uno y otro camino y me entrego al hogar, como si fuera una hija más, de vacaciones o desempleada, no importa, todos se van y yo me quedo, acurrucada bajo mi edredón blanco de peso pluma. Me despierto sólo cuando mi cuerpo lo desea, no antes.
Bajo cada mañana al comedor que huele a café, tostadas, naranja y palta y que se mezcla con los aromas de un almuerzo que ella ya ha comenzado a preparar, con ese afán de ganarle al tiempo que tienen los ancianos, como si algo los apremiara y siempre hubiese que tener todo listo, por si acaso. A las once de la mañana de cada día todo está limpio, todo reluce, las ollas ebullen y mi desayuno espera impaciente sobre la mesa.
Me encariño demasiado con este ritual, vuelvo a ser parte de los abrazos de una familia que ya no tengo a diario sino en pequeñas dosis domingueras que se han hecho necesaria rutina. Y entonces me dejo mimar un rato, me relajo, disfruto. No estoy viajando, no estoy entrando y saliendo de hostales bulliciosos, no cargo mi mochila, no persigo incansables imágenes con mi cámara de fotos, solo estoy aquí sentada en la cocina de una casa del barrio más alto de Antofagasta, viendo como ella pela papas y lava tomates mientras saltan las tostadas del tostador y ella me cuenta porqué cree que la tecnología moderna se encarga de aislar a los seres humanos unos de otros.
Cada tanto, y con culpa, ojeo mis mails en la computadora que Eugenia me ha asignado. Ella lo sabe y me sonríe haciendo una pausa mientras pincha alguna papa para comprobar si ya están cocidas.
Y así, como cada mediodía, sin saber adónde ir exactamente, salgo a la calle vaporosa para treparme al veloz y diminuto bus que me lleva hasta el centro de la ciudad. Casi levitando en la sensación de que la prisa no existe, atravieso la plaza Colón una y otra vez, abriéndome paso entre las palomas que aletean por todas partes, mirando al cielo para ver a los jotes planear sobre la parte más puntiaguda de la iglesia, observando con placer a los cuidadores del parque que podan y aprolijan minuciosamente las coloridas bugambilias que perfuman y embellecen la plaza.
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| Paseo Pratt |
Continúo por el paseo Pratt, sorteando gente que va y viene apurada, valija en mano, traje puesto, hablando por sus celulares, tomando decisiones, dándo órdenes, o recibiéndolas. La ebullición de esta peatonal no me estorba, la miro pasar como una película, sintiéndome espectadora de cada movimiento. Voy a mi propio ritmo, sintiendo sobre mi el peso de las curiosas miradas que te saben extranjera, pero no me incomodan (me divierten). Allí hay un café, con una mesa que siempre me espera y ya me reconoce, y justo enfrente, la oficina de Eugenia.
La veo salir cada mediodía o cada tarde, apresurada y entusiasmada con mi visita y nos vamos por ahi, a almorzar comida peruana, a tomarnos un pisco o un cafecito, a esperar puestas de sol inverosímiles que nos recuerdan a alguna escena de "Lo que el viento se llevó".
Esta Antofagasta pocas veces imaginada, envuelta entre la bruma del salitre y bajo un cielo de pájaros inquietos que se amontonan en los muelles o los acantilados aprovechando los últimos minutos de sol, me asombra y enmudece. Mis ojos pequeños manotean desesperados las visiones de aquel paseo costero que separa el Mall del Pacífico, adivinando tras la bruma las siluetas de los barcos, y más acá, más visibles y cercanos, los pelícanos dormitando entre las rocas. Intento retener en la memoria aquél momento, sentadas en la arena tomando mate frente a La Portada, mientras cientos de jotes, patos yecos y gaviotas salpican el cielo que comienza a vestirse de tímidos amarillos primero, para luego convertirse en naranjas, rosas y rojos profundos como un alarido. Más allá de los contornos rocosos y la arena, titilan las primeras luces de la ciudad que se prepara a dormir al abrigo de la cordillera.
Esta Antofagasta no planeada, que fue decantando sola por entusiasmo, por necesidad de reencuentros, se me hace ahora como la frutilla de una gran torta de caminos recorridos desde aquella noche en que dejé Montevideo. Y el sentimiento de felicidad se hace tan natural como todo lo que nos rodea. Charlamos, agotamos las historias de vida y los sueños, nos atrevemos entre mate y mate a nuestras más íntimas confesiones hasta que el silencio de la tarde nos envuelve y también callamos, en comunión con la noche que nos ha dejado solas, absortas y plenas.
Miro atrás, intento recuperar las sensaciones de aquellos días en el NOA, la angustia de Humahuaca, la soledad absoluta de Yavi, el fervor obnubilante de los salares y desiertos bolivianos y se me hace tan dificil ahora, como si cada ciudad, pueblo, o rincón del mundo se impusiera dentro de mí con todo el peso de su espíritu, aplastante y contundente, único, como si fuera siempre el primer destino (o el primer amor), como si no hubiese nada antes o después de esto que ahora soy y estoy sintiendo. Y sin embargo, sé que han de volver más tarde, cuando solo sienta el ruido de mis pasos regresando a casa, cuando no haya nada nuevo para ver; volverán todos juntos, acomodándose en el lugar que a cada uno le espera, así como un rompecabezas, como las hojas de un libro que se escribe solo viviendo, como una confirmación de lo intuído tantas veces y desde hace tanto: Lo mejor siempre está por venir.
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| La Portada |
El poeta que surgió del hambre
Estoy en un café, en uno de esos instalados en la peatonal Prat del centro de Antofagasta.
Hace dos días que llegué a esta ciudad presa entre el mar y la cordillera, apretujada entre el azul de las aguas y el marrón de la tierra pelada, ondulada y desértica. Y es hoy cuando salgo a la calle, recuperándome de una gripe inoportuna y molesta que me aisló en casa de Ma. Eugenia sin ganas ni fuerzas para nada más. Es hoy cuando a mediodía, con un calor húmedo y vertical que enciende mi garganta, me subo al micro de la línea 112 que me lleva desde las alturas del barrio Coviefi hasta la orilla misma del Pacífico que a esta hora brilla como un espejo de plata.
Hambrienta de cosas nuevas, de imágenes inexploradas, mi rostro se pega a la ventana del diminuto bus que avanza entre el pesado tránsito de una ciudad más grande de la que esperaba, más dinámica de lo que intuía. Voy con una dirección anotada, voy con las explicaciones de mi amiga en la memoria por una ciudad que desconozco pero me hace sentir confiada, segura, y sin apuro, aunque todo lo que me rodea se mueve en sentido contrario a mi, vertiginoso y lleno de ruido. Lo suavizo con mi música, la que me ayuda a encontrar mi propio paso y relajar la ansiedad, la inquietud de una simple plebeya al encuentro del gran Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Y sin embargo, todo se ha tornado tan simple y cotidiano, como si estuviera ahora sentada en un café de mi lejano Montevideo, entre amigos de siempre, rodeada de voces familiares.
El y Eugenia se conocen desde hace tanto que ella hasta ha decidio acompañarlo a Europa a recibir su premio otorgado por una prestigiosa editorial.
El y yo nos acabamos de conocer personalmente, pero vengo con la ventaja de haberlo conocido un par de libros atrás, a través de polvorientas historias de la pampa chilena cargadas de ásperos escenarios y personajes tan inverosímiles como memorables, crudamente humanos, imperfectos, ácidos, pero tiernos hasta la médula. Poéticamente tiernos en su más rudo contexto.
Yo soy un poeta que escribe novelas, dice, mientras sonríe desplayado en su asiento como si nada ni nadie pudiese moverlo de su relajada posición. Está en su ambiente, su oficina, como le gusta llamarle al café donde todas las mañanas se encuentra con la gente en busca de nuevas historias e ideas, atrapando detalles que son como relámpagos que iluminan su creatividad literaria. Y no hay que creer que somos infalibles, continúa. En este maravilloso arte de la palabra escrita, el uno por ciento es imaginación, el cuarenta y nueve por ciento transpiración, y el resto, suerte. Soy un hombre de suerte, concluye, ante mi pregunta de cómo es posible que alguien sin casi ninguna formación académica, que vivió treinta años de su vida trabajando como minero en el desierto más árido del mundo, que el único libro que leyó y releyó durante años fue la Biblia que su padre usaba para predicar, se ha convertido en uno de los escritores más prestigiosos y admirados de la literatura chilena.
Sigue sonriendo sin poder creérselo. Casi parece que no le importara. Le importa, es ésa su vida, y se le ve feliz. Pero eso no le quita ni un ápice de su sencilléz y desparpajo natural. Este, el escritor de las putas como algunos le llaman, parece haberse escapado de alguna historia escrita por su propia mano. Escritor que se hace personaje o personaje que se hace escritor? De cualquier forma, auténtico hasta la crudeza.
Le pregunto como se convirtió en poeta y me cuenta su historia de joven hippie, lanzado por impulso a la ruta, vagabundeando tres años de norte a sur de su propio país, en busca de algo, de aquello que se estaba perdiendo sepultado entre el caliche de las oficinas salitreras y que un día vió estallar en mil colores en uno de esos noticieros que se trasmitían en el cine. Era el Festival de Woodstock y eso estaba sucediendo allá afuera, en otra dimensión donde los jóvenes vivían una fiesta de amor libre, proclamaciones de paz y rock and roll.
Así fue como un día, junto a un compañero de ruta, tirados en una playa oían la radio que su amigo se había "tomado prestada" en una feria. En ella anunciaban un concurso de poesía, cuyo primer premio consistía en una cena para dos en un prestigioso hotel de la zona.
Impulsado por el deseo de un plato de comida caliente, comenzó a escribir por primera vez, y solo se detuvo luego de cuatro carillas donde el poema más largo que escribió en su vida, lagrimeaba por una mujer que había dejado su huella en el largo viaje que tiempo atrás había emprendido.
De más está decir que ganó el concurso, y su historia cambió para siempre.
Entonces te has hecho poeta por hambre! -le digo- tratando de contener la emoción que comienza a gotear detrás de mis gafas. De pronto ese hombre maduro, de cabello ondulado algo canoso y chaqueta de cuero, se hace tan joven, tan libre, tan hambriento de vida, que casi puedo verlo vagando por los caminos del mundo con sus sueños a cuesta, y ahí me veo también, reflejada en un pasado que me es ajeno y a la vez, tan cercano. Esa voracidad por la vida de allí afuera me une a él, al que fué. Ahora nos une otros menesteres: la poesía y su férrea voluntad de supervivencia en un mundo que parece querer olvidarla.
Entre uno y otro comentario, lo escucho recitar algunos versos de "Los Amorosos", de Jaime Sabines y sin vacilar un solo instante dice: "si te gusta la poesía, ven mañana a esta misma hora, y te regalaré un libro del poeta chileno que más me gusta".
Tres fueron las mañanas en ese bar. Tres breves suspiros de frescura en los que viajé a través de las historias de personajes como Malarrosa, Cristo Pérez o Brando Taberna. No fuí a la Pampa, como mi amigo Samuel me había prometido, pero estuve en ella. Perseguí durante tres días los remolinos del desierto para entrar en el centro mismo del asombro. Me ví, como una aparición imposible en la acuosa ondulación de un espejismo, resurgir de mis propias cenizas de mujer triste y vagabunda, llegando al lugar preciso, pateando piedras, haciéndolas a un lado una por una, hasta encontrar la flor de papel azul, mi razón, mi destino, el "porqué" de todas las cosas que lamentamos y que al final, nos hacen sonreir.
Hace dos días que llegué a esta ciudad presa entre el mar y la cordillera, apretujada entre el azul de las aguas y el marrón de la tierra pelada, ondulada y desértica. Y es hoy cuando salgo a la calle, recuperándome de una gripe inoportuna y molesta que me aisló en casa de Ma. Eugenia sin ganas ni fuerzas para nada más. Es hoy cuando a mediodía, con un calor húmedo y vertical que enciende mi garganta, me subo al micro de la línea 112 que me lleva desde las alturas del barrio Coviefi hasta la orilla misma del Pacífico que a esta hora brilla como un espejo de plata.
Hambrienta de cosas nuevas, de imágenes inexploradas, mi rostro se pega a la ventana del diminuto bus que avanza entre el pesado tránsito de una ciudad más grande de la que esperaba, más dinámica de lo que intuía. Voy con una dirección anotada, voy con las explicaciones de mi amiga en la memoria por una ciudad que desconozco pero me hace sentir confiada, segura, y sin apuro, aunque todo lo que me rodea se mueve en sentido contrario a mi, vertiginoso y lleno de ruido. Lo suavizo con mi música, la que me ayuda a encontrar mi propio paso y relajar la ansiedad, la inquietud de una simple plebeya al encuentro del gran Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Y sin embargo, todo se ha tornado tan simple y cotidiano, como si estuviera ahora sentada en un café de mi lejano Montevideo, entre amigos de siempre, rodeada de voces familiares.
El y Eugenia se conocen desde hace tanto que ella hasta ha decidio acompañarlo a Europa a recibir su premio otorgado por una prestigiosa editorial.
El y yo nos acabamos de conocer personalmente, pero vengo con la ventaja de haberlo conocido un par de libros atrás, a través de polvorientas historias de la pampa chilena cargadas de ásperos escenarios y personajes tan inverosímiles como memorables, crudamente humanos, imperfectos, ácidos, pero tiernos hasta la médula. Poéticamente tiernos en su más rudo contexto.
Yo soy un poeta que escribe novelas, dice, mientras sonríe desplayado en su asiento como si nada ni nadie pudiese moverlo de su relajada posición. Está en su ambiente, su oficina, como le gusta llamarle al café donde todas las mañanas se encuentra con la gente en busca de nuevas historias e ideas, atrapando detalles que son como relámpagos que iluminan su creatividad literaria. Y no hay que creer que somos infalibles, continúa. En este maravilloso arte de la palabra escrita, el uno por ciento es imaginación, el cuarenta y nueve por ciento transpiración, y el resto, suerte. Soy un hombre de suerte, concluye, ante mi pregunta de cómo es posible que alguien sin casi ninguna formación académica, que vivió treinta años de su vida trabajando como minero en el desierto más árido del mundo, que el único libro que leyó y releyó durante años fue la Biblia que su padre usaba para predicar, se ha convertido en uno de los escritores más prestigiosos y admirados de la literatura chilena.
Sigue sonriendo sin poder creérselo. Casi parece que no le importara. Le importa, es ésa su vida, y se le ve feliz. Pero eso no le quita ni un ápice de su sencilléz y desparpajo natural. Este, el escritor de las putas como algunos le llaman, parece haberse escapado de alguna historia escrita por su propia mano. Escritor que se hace personaje o personaje que se hace escritor? De cualquier forma, auténtico hasta la crudeza.
Le pregunto como se convirtió en poeta y me cuenta su historia de joven hippie, lanzado por impulso a la ruta, vagabundeando tres años de norte a sur de su propio país, en busca de algo, de aquello que se estaba perdiendo sepultado entre el caliche de las oficinas salitreras y que un día vió estallar en mil colores en uno de esos noticieros que se trasmitían en el cine. Era el Festival de Woodstock y eso estaba sucediendo allá afuera, en otra dimensión donde los jóvenes vivían una fiesta de amor libre, proclamaciones de paz y rock and roll.
Así fue como un día, junto a un compañero de ruta, tirados en una playa oían la radio que su amigo se había "tomado prestada" en una feria. En ella anunciaban un concurso de poesía, cuyo primer premio consistía en una cena para dos en un prestigioso hotel de la zona.
Impulsado por el deseo de un plato de comida caliente, comenzó a escribir por primera vez, y solo se detuvo luego de cuatro carillas donde el poema más largo que escribió en su vida, lagrimeaba por una mujer que había dejado su huella en el largo viaje que tiempo atrás había emprendido.
De más está decir que ganó el concurso, y su historia cambió para siempre.
Entonces te has hecho poeta por hambre! -le digo- tratando de contener la emoción que comienza a gotear detrás de mis gafas. De pronto ese hombre maduro, de cabello ondulado algo canoso y chaqueta de cuero, se hace tan joven, tan libre, tan hambriento de vida, que casi puedo verlo vagando por los caminos del mundo con sus sueños a cuesta, y ahí me veo también, reflejada en un pasado que me es ajeno y a la vez, tan cercano. Esa voracidad por la vida de allí afuera me une a él, al que fué. Ahora nos une otros menesteres: la poesía y su férrea voluntad de supervivencia en un mundo que parece querer olvidarla.
Entre uno y otro comentario, lo escucho recitar algunos versos de "Los Amorosos", de Jaime Sabines y sin vacilar un solo instante dice: "si te gusta la poesía, ven mañana a esta misma hora, y te regalaré un libro del poeta chileno que más me gusta".
Tres fueron las mañanas en ese bar. Tres breves suspiros de frescura en los que viajé a través de las historias de personajes como Malarrosa, Cristo Pérez o Brando Taberna. No fuí a la Pampa, como mi amigo Samuel me había prometido, pero estuve en ella. Perseguí durante tres días los remolinos del desierto para entrar en el centro mismo del asombro. Me ví, como una aparición imposible en la acuosa ondulación de un espejismo, resurgir de mis propias cenizas de mujer triste y vagabunda, llegando al lugar preciso, pateando piedras, haciéndolas a un lado una por una, hasta encontrar la flor de papel azul, mi razón, mi destino, el "porqué" de todas las cosas que lamentamos y que al final, nos hacen sonreir.
San Pedro de Atacama


El bus se interna en otro paisaje. Todo se hace suave, llano, y despejado. Puedo ver más allá de todo, las montañas son lejanas, la ruta perfecta y lisa.El calor se empieza a sentir y yo hecha una cebolla de ropa y lanas, sofocándome. Me deshago del chullo, de la campera y también de la nostalgia que comienzo a sentir por los amigos que atrás quedaron y esa tierra milagrosa que transformó mi ánimo y renovó el impulso de seguir viajando. Pero no quiero sentir pena y no me lo permito esta vez. De todas formas, la alegría esta aquí, sentada a mi lado en un bus a San Pedro.
Absorta en el paisaje soleado, vuelvo a las sensaciones del mundo civilizado cuando mi celular me avisa que tengo línea. Caen los mensajes de los tres días de ausencia por el altiplano sin una sola señal, desconectada de todo menos de mí misma. Y esa sensación ya empezaba a gustarme.
Ahora puedo llamar a casa, pero espero. No quiero romper el idilio que me une a lo de afuera.
A mi izquierda puedo ver una blanca extensión de sal. Una chica puertorriqueña, sentada a mi lado, en la otra fila, luego de consultar su guía de viaje concluye en voz alta: es el salar de Atacama!, como si adivinara las preguntas que todos nos hacíamos. Le devuelvo la sonrisa y conversamos un poco mientras llegan los formularios de migraciones para llenar, compartimos lapiceras e historias de nuestras rutas hasta llegar a destino.
Un puñado de casas humildes nos abre paso y comienzo a dudar si hemos o no llegado. Es esto San Pedro?-me pregunto, temiendo que mis expectativas se hubieran sobredimensionado. Mientras el bus avanza no veo nada que me resulte particularmente atractivo pero tengo la certeza de haber elegido bien, había escuchado hablar mucho y bien de este lugar acunado en el desierto más árido del mundo. Sé que más allá encontraré aquello con lo que tantas veces he fantaseado, un pueblo donde dejar el corazón, como Purmamarca, como Yanque, como San Cristobal de las Casas. Otro santo para adorar, pienso. No tengo dudas de que así sería.
Y así fué.
Hago los trámites en la oficina de Migraciones bajo un sol rabioso que me cocina lentamente, bajo la mirada desconfiada e intimidante de los funcionarios aduaneros (mucho más estrictos que los bolivianos y argentinos, igual de antipáticos), seguimos en el bus unas cuadras más hasta que el conductor anuncia que hasta acá llegamos. Bajamos todos en una esquina de la calle Caracoles y comienzo a caminar por la misma buscando la dirección anotada de la posada Likana, lugar de encuentro con mi amiga Ma. Eugenia. Ella viene desde Antofagasta, donde vive con su familia. Ella viene a encontrarme, a compartir dos días conmigo, deja su casa, su familia, su trabajo, solo para recibirme y siento tantas ganas de abrazarla!. Pense muchas veces en este encuentro durante el viaje, y siempre aparecía la misma sensación: llegar a casa, una casa que no tenía techo ni paredes ni muebles ni dirección conocida, esa casa que es el afecto y el abrazo de alguien querido.
Camino varias calles y el calor me agobia, pero trato de ignorarlo, me siento poderosa, frenética, tan entusiasmada como una niña con un juguete nuevo muy deseado.
Me encanta todo lo que veo, un pueblo de calles de tierra, casas de adobe, antiguo, casi primitivo de no ser por los cientos de turistas que deambulan por todas partes. Pero no me molestan esta vez, son parte de la magia, del escenario, son viajeros que llegan desde lejos y hablan diferentes lenguas, pero con un estilo muy bohemio, relajados, hasta parecen que ya viven aquí porque caminan sin prisa y salen a la calle en atuendos que parecen pijamas, despeinados, despreocupados.
Percibo las miradas de los lugareños, pero esta vez no son tímidas ni esquivas como en Villazón, ni siquiera indiferentes como en algunos pueblos del norte argentino. Seducen, hablan, sonríen...y ellos también hablan: hola rubia!, cómo estás mamita, de dónde vienes? bienvenida!
Sí, definitivamente me gusta este lugar!
Sigo caminando con todo mi equipaje encima, pero ya casi no me pesa, se me ha hecho cada vez mas liviano (o mi espalda mas fuerte?), mi mochila es como una especie de joroba que va y viene del suelo con una ágilidad que me es ajena. A pesar de mi aspecto y presentir que la falta de un buen baño me delata, retribuyo los piropos con mi mejor sonrisa.
This is heaven! Y San Pedro me está abriendo las puertas!
Mis aleluyas terminan cuando encuentro la posada cerrada y nadie responde. Pero tengo suerte y unos huéspedes que vienen llegando me abren las puertas. Adentro no hay nadie, toco puertas, llamo. Nada. Entonces me alojo en una mesa del jardín y ahí mismo comienzo a quitarme la ropa pesada, los calentadores, el chaleco, la medias, no puedo más con este calor! Necesito una ducha!
Y entonces siento que alguien golpea el portón de madera que da a la calle. Al principio lo ignoro, preocupada solo de mi equipaje que comenzaba a desmontar allí mismo, en el jardín, pero luego reacciono: es Ma. Eugenia!. Corro a abrirle la puerta, nos abrazamos divertidas, porque se supone que sería ella quién me esperaría y mi viaje resultó ser más ágil de lo que imaginábamos.
Desde el momento del reencuentro (la había visto por última vez hacía un año en una breve visita a Montevideo) nada fue igual para mí. No hubo espacio para la melancolía, ni deseos de volver pronto a casa, ni un solo momento en el que me sintiera ajena al resto del mundo que me rodeaba. Esta amiga que tiempo atrás había conocido de manera virtual abrió todas sus puertas para que yo entrara a su vida cotidiana, a su tierra, a su ser más íntimo también.
Supe en ese instante, qué era lo que había estado buscando en este viaje: unir los lazos que estaban sueltos, los que yo misma había soltado, los lazos hacia el otro, a la mirada del otro, a las manos del otro, supe que no quería estar sola sino encontrarme con la gente, descubrirla, escucharla, quererla. Y aquí se dejaban querer.
Me doy el baño más largo y placentero de mi vida, salimos a almorzar, y al rato nomás ya estamos camino al Pucará de Quitor, antiguo hogar de las tribus atacameñas que no pudieron contra el guerrero espíritu incaico ni las sofisticadas armas españolas. En la cima, Eugenia me cuenta su historia y divisando la cordillera donde el Volcán Licancabur es rey, imagino a los hombres barbados descendiendo por las montañas en su desenfrenado afán de conquista, y a los de aquí, divisando prontamente al enemigo, esperandolos para hacerles frente, con la estratégica ubicación del Pucará como única ventaja.
El aire se hace fresco, comienza a caer el sol y la cordillera se torna violácea, perfecta, hermosísima. Y nosotras, que no paramos de conversar y tomar fotos, y armar apachetas que nos traigan nuevamente, algún día, por estas mismas tierras, comenzamos a descender a paso cansino. Tenemos suerte y una camioneta nos da un aventón hasta el pueblo.
La noche aquí es fría, limpia, estrellada. Pasear por el pueblo a esta hora hace que una no quiera irse a dormir. Los faroles de luces amarillas, los bares a la luz de las velas, la suave música que se escapa de sus viejas puertas de madera, siempre abiertas de par en par, son un deleite.
Quiero quedarme aquí una semana, o dos. Quiero dejar correr el tiempo en este pueblo sin tiempo, este oasis custodiado por un volcán que cambia de color según la hora del día, que divide naturalmente a los chilenos de los bolivianos, que nos mira desde arriba como un guardián.
Duermo en la cama más cómoda desde que salí de casa, tibia, desparramada, como en los brazos de una madre. Y despierto completamente repuesta del viaje de los días previos, viendo como el sol brillaba a más no poder en la ventana. Eugenia ya me lo había dicho: aquí tenemos 365 días de sol, por eso hay tanto turismo, las vacaciones nunca fallan!. Me fascina esa idea, la de un lugar condenado a la perpetuidad de días soleados, con escasísima humedad, con un clima tan propicio para la alegría. Pienso en el otoño uruguayo, esperándome en casa, y siento que quiero robarme todo el sol atacameño. Llevarlo en mi piel como un sello imborrable.
Y salimos a la calle a buscarlo. Llegamos una vez más hasta la blanca Iglesia de adobe, donde volvemos a tomar las mismas fotos de ayer (pero desde otro ángulo, según Eugenia). Entramos al Museo Arqueológico del Padre Le Paige, en dónde Alejandro, esposo de Eugenia, dedicó años en su profesión de antropólogo como Director del Museo. Lo recorremos sin apuro, compramos algunas artesanías en la tienda que destaca por tener excelente material editorial y artesanal, y seguimos, saliendo al sol, pateando las polvorientas calles de San Pedro.
Almorzamos un riquísimo salmón con papas, ensalada verde y pisco sour y a las tres de la tarde partimos hacia la Laguna Cejar en un accidentado tour.
Pues sí, a pocos kilómetros de dejar San Pedro, pinchamos! Y pinchamos en pleno desierto, con rueda de repuesto pero sin gato, o sea, como si no la tuviésemos.
Un pequeño arbusto que no llega a la categoría de árbol nos alivia con su sombra y entonces, increiblemente relajadas y sin preocupación alguna por cuánto tiempo estaríamos allí, si podríamos o no continuar con el tour, ni por la hora, ni el sol, ni el agua, ni absolutamente nada que nos preocupara, nos tiramos a conversar a la sombra con una pareja de chilenos y una suiza que se parecía tanto a mi prima Cecilia que hasta sentía que hablaba con ella.
Llegamos a la Laguna Cejar con más de una hora de retraso, apurados por el guía, sorteando planes. Nuevamente me resisto al agua pero esta vez no por frío sino por precaución. Sol y sal en exceso es demasiado para mi piel y decido cuidarla. Las aguas de la laguna son tan pero tan saladas, que cualquiera podría hacer el milagro de caminar sobre ellas. Y mientras todos flotan divertidos, yo me entretengo una vez más siendo espectadora.
Seguimos a los Ojos del Salar, un par de ojos azules que se abren en pleno salar de atacama, profundos, enigmáticos. En ellos nos miramos, tomamos fotos y seguimos hacia, supuestamente, la laguna Tebinquiche pero la realidad es que solo acampamos en un sector del salar, donde no se divisa tal laguna. Sí hay celebración. En una improvisada mesita nuestro guía nos agasaja con papas fritas, pisco sour y gaseosas. Y mareados, con la piel salada y bostezando regresamos al pueblo cuando ya era noche.
Comienzo a despedirme de San Pedro desde temprano. A las ocho y poco de la mañana del tercer día estoy en pie; Eugenia desde mucho antes, sale a tomar fotos a la entrada del pueblo.
Desayunamos, empacamos, y nos vamos al cementerio. Cosa curiosa los cementerios por aquí!
Colorido a más no poder, repleto de flores de papel y plástico, polvoriento como todo lo demás, el cementerio de San Pedro deja la sensación de haber atravesado un mundo donde no hay lugar para la pena. Allá atrás de las cruces, el Licancabur asoma y asoma la cordillera toda. Y uno ya no puede decir: que lugar tan tenebroso! Aquí hay sol, mucho sol, y las tumbas recitan poemas, historias, nombres inverosímiles, nos hablan al detalle de quienes se han ido. Aquí los muertos están aún vivos, juegan con sus juguetes, usan su ropa, coleccionan fotos y objetos, nos hablan, nos cuentan cómo fueron y quiénes fueron.
Me alejo mientras Eugenia conversa con dos amigos que acaba de encontrar. Me alejo y los escucho, me pierdo entre las piedras que me hablan de sus vidas y me detengo justo ahí, donde la voz es tan temblorosa que hace doler, y dice: "Emilio, gracias por tu tiempo de mi tiempo, y por la frescura de tu existencia. Todo lo transformaste con un sutil respiro, iluminando la huella que un día, seguiré hacia tu eternidad.."
Emilio tenía dos años.
Y así de simple, sin rituales ni promesas, sin tiempo para la despedida, envuelta en la alegría del encuentro con Samuel, un amigo antofagastino que tenemos en común con Eugenia, de pronto me veo rodeada de un paisaje lunar que no puedo, ni podré jamás, describir con acertadas palabras.
Onírico, abrupto, abrazador, silencioso como un santuario, son los adjetivos con los que puedo intentar contar como es el Valle de la Luna, un valle de crestas color ocre, de dunas interminables... No, no puedo describirlo, ya no lo intento. Me quedo con el recuerdo, me llevo la arena en mis zapatos, el sol vertical de las dos de la tarde sobre la piel, los espejismos del horizonte, las risas de los amigos, la añoranza de San Pedro, mientras la ruta se abre exactamente igual y monótona entre el desierto de atacama, durante cuatro largas horas rumbo a Antofagasta.
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